lunes 30 de marzo de 2009

Motivación y docencia (parte 1 / 3)

En multitud de ocasiones me he aproximado a nuestras redes sociales en busca de datos acerca de este tema tan controvertido que es la motivación de los adolescentes dentro del ámbito de la enseñanza. Me indigno cuando veo que se genera un debate que en la mayoría de las ocasiones no tienen el resultado fructífero esperado y se queda en meras ideas, iniciativas o proyectos influenciados por las vertientes políticas.

Hoy he estado reflexionando de nuevo sobre esta problemática que se me genera día tras día en la cabeza cuando procuro encontrar el camino correcto para despertar en los alumnos aquellos temas que les interesan y que me pueden servir al tiempo para trasmitir los contenidos de la materia de Lengua y Literatura.

Y de repente me di cuenta de un problema aún mayor que hasta hoy no me había planteado con total dedicación y que creo que es tanto o más importante que la propia motivación del alumnado, porque influye en este mismo directamente: es la motivación de los propios docentes.
Y no es que de golpe y porrazo haya sacado este tema y no se haya hablado de ello hasta la saciedad; muchos antes que yo lo han puesto sobre la mesa. Pero creo que sí que es cierto que yo misma no me había parado a darle la importancia que debo darle.

Y creo que se ha generado en parte por algunos comentarios que he leído en el Cuaderno de Guillermo y otra, por la visita que tuvimos recientemente en nuestro centro de nuestra inspectora que nos dedicó unos minutos y nos hizo una reflexión que no tenía desperdicio y que por supuesto, también me hizo pensar.

El docente de hoy vive desmotivado. Hablo en la generalidad del caso, porque lógicamente hay una parte bastante importante de profesores que llevan su labor día a día con un entusiasmo envidiable y que sin duda nos debe servir a todos de modelo. Bien es cierto que las circunstancias de un docente a otro son muy distintas, ya no sólo influenciadas por la región en la que se viva o el centro donde se desempeñen las funciones, sino también el nivel en el que se imparte y el clima del propio aula. Es decir, que esto podría llevarnos mucho rato, puesto que los contextos son tan diversos como alumnos hay.

Pero bueno, sigamos con la generalidad del caso, porque sinceramente, lo que hoy me hizo reflexionar, no es el docente satisfecho y emocionado por su trabajo, sino el docente desmotivado, cansado y vencido.

No podemos negar que en la mayoría de las ocasiones echamos gran parte de la culpa a alumnos y familias por los problemas que se pueden engendrar y desarrollar en el aula. Quizás, deberíamos darle la vuelta al prisma y hacer una radiografía exhaustiva de los profesores que viven dentro de esa desesperación constante donde se acaba tirando la toalla, y la figura de éste acaba siendo un mueble más dentro de la clase y vencido por el “enemigo” que supo jugar mejor sus cartas.

[...]

(Sigue parte 2 /3)

7 comentarios:

lafraguadeltic dijo...

Interesante debate el que propones. Estaremos al tanto cuando las partes 2/3 y 3/3 lleguen a nosotros. Ánimo y a la espera estoy.

ana maria dijo...

perdone pero acerca va todo junto.........

La Tilde Perdida dijo...

Puedo entender la apatía de muchos docentes, sobre todos tras largos años de batalla, pero lo achaco a los alumnos, que acaban creando ese clima en el aula. Mucha gente parece tenerlo todo en la vida y se deprime, pues igual la docencia, que va minando la moral. Uno se esfuerza y los alumnos no responden (en la mayoría de los casos). Yo he empezado con mucha ilusión, pero no puedo poner la mano en el fuego diciendo que nunca me voy a desmotivar.

xhandra dijo...

Mujer, ya sé que es junto. Es que me compré un portátil que tiene unas teclas diminutas, y si te digo la verdad, he tenido que corregir el texto varias veces. Un problemillas entre dedos y teclas, vaya. Pero ya lo corrijo, gracias.

xhandra dijo...

Querida Fátima. Sé que no es fácil. Por ello pido explicaciones a aquellos que pueden darnos soluciones. Y por ello creo que la primera solución es que estemos más protegidos y seguros, y que nuestra autoridad sea verdaderamente reconocida. También por supuesto debemos poner de nuestra parte. Poco a poco con la poca experiencia que tengo me voy dando cuenta de que es mucho mejor ganarse a un alumno que contradecirle en todo y crear una tensión constante. Ojo que no me refiero a entablar una relación amistosa de igual a igual. Sino una relación que sería más parecida a la de un padre y un hijo: con confianza pero con respeto.

xhandra dijo...

Martín, gracias por comentar. Sinceramente tus preguntas en el post de Guillermo fueron los primeros pasos de mi propio post. Gracias por ese interés y esas preguntas que lanzaste a Guillermo, que por otra parte, quedó sin contestar adecuadamente (y que me disculpen los compañeros).

La Tilde Perdida dijo...

Sí, es mejor tenerlos a tu favor que en contra, pero hay algunos que, por distintas circunstancias, necesitan ese conflicto, intentan enfadarte y no pretenden llevarse bien contigo.

Claro, a mí también me gustaría que esto se solucionase, y lo de la autoridad del profesor, que se reconozca, es imprescindible y urgente.

Un beso.